22 agosto 2017

¿Qué tienes que ofrecer?


Están en la cama, tapados sólo por la sábana. Ella tumbada de costado, dándole la espalda. No se mueve ni hace el menor ruido, pero él intuye que algo va mal. La conoce demasiado bien.
Le pone la mano en el hombro.

- ¿Estás bien?
- Sí.

Algo en su voz le deja claro que no es así.

- Ponte boca arriba, por favor.- dice mientras le presiona ligeramente el hombro.

Ella no dice nada pero tras un momento cambia de postura. Está llorando, como sospechaba. Él suspira y la besa en la frente. Después le borra las lágrimas despacio con el pulgar.

- Déjame probar algo, ¿vale?

Ella aprieta los labios mientras brotan más lágrimas. Intenta hablar pero le falla la voz. Se aclara la garganta mientras se frota los ojos con una mano.

- Vale
- Pero tienes que hacer lo que te diga, ¿sí?

Ella asiente con la cabeza.

- Bien. Cierra los ojos.

Ella obedece. Él posa la palma de la mano sobre su pecho, en el centro, con la punta del dedo medio descansando justo en el hueco de la garganta que hay entre las clavículas. La mantiene ahí unos segundos y dice:

- Dime qué es.

Y empieza a deslizar la punta del dedo sobre su piel, donde antes tenía la palma de la mano.
Poco después ella dice en voz alta:
- Mi nombre.
- Muy bien. ¡Y sólo con tres letras! A ver una más difícil...- sigue escribiendo con la punta del dedo.
- C...A...¿caballo?
- No. Pero casi. Prueba otra vez

Escribe de nuevo.

- .... Cabello
- Exacto

Él sonríe.
Ella no sonríe pero al menos ha dejado de llorar. Concentrarse en las letras que dibujaba sobre su piel la ha distraído, que es lo que quería conseguir. Pero él sabe que la distracción es sólo temporal; si sigue con el mismo juego o para ahora o ella volverá a tirar de ese hilo suelto en su mente y caerá de nuevo en su estado anterior. Tiene que idear algo, algo más que una distracción. Piensa por un momento y toma una decisión, aunque es arriesgada. Retira la mano de su pecho.

- Ahora quiero que escuches y te centres en mi voz, imagina cada palabra, haz que cobre vida en tu mente.

Ella respira hondo y asiente. Él comienza a hablar despacio, con voz suave.

- Visualiza esta habitación, con sus cuatro paredes. La cama, los muebles, tú y yo. Imagina que no existe nada más en el mundo. De hecho no existe el mundo. Sólo nosotros y esta habitación. Imagínate a ti misma levantándote de la cama. Te acercas a la puerta y la abres. Más allá del dintel no hay nada, un vacío absoluto. Ni siquiera hay estrellas, sólo negrura. Ves lo mismo a través de la ventana. No se oye ningún ruido.
Miras el reloj y las manecillas están quietas. No existe el tiempo. Aquí no se aplica ni el pasado ni el futuro, sólo presente. Estamos en un limbo, sólo nosotros en esta habitación, flotando en la nada. El universo entero es aquí y ahora. Al entrar en la habitación, conmigo, todo lo demás desaparece, son conceptos que no tienen sentido aquí. Se difumina y desvanece como humo en el aire.
Todos tus problemas se han quedado fuera. Tu compañera gilipollas del trabajo que te hace la vida imposible. Ese cliente borde que casi te hace llorar. La situación que tienes en casa. Tu ex. Incluso eso que te pasó hace años y todavía hace que te cueste dormir por miedo a las pesadillas.
Este es nuestro mundo, estas cuatro paredes. Quiero que sepas cómo es. Pasa la mano por las sábanas, despacio. Nota lo agradable que es al tacto. Nuestro mundo está hecho de eso. De suavidad. De ternura (le acaricia la cara). De calidez y dulzura (se acerca a ella y la besa despacio).

Ella respira hondo, concentrada, con los ojos cerrados. Lágrimas grandes, llenas de dolor, corren por sus mejillas. Él coge su mano y sigue.

- Pero aún hay algo que no pega aquí. Visualiza esa parte que llevas dentro de ti. La que te dice cosas horribles con voz rasposa. Que no sirves para nada, que siempre va a ser así. La que te mete miedo a que yo te deje, a quedarte sola, a hacer el ridículo, a fracasar. La que te dice que cómo va a quererte alguien, que eres tonta.

Ella gime. Otra lágrima se desliza por su mejilla.

- Imagínate metiendo la mano dentro de tu pecho. Busca esa voz que conspira contra ti. En cuanto la encuentras agárrala fuerte.

Ella frunce el ceño y aprieta la mandíbula.

- Ya la tienes, no la dejes escapar. Ahora tira fuerte. Tira. No va a querer dejarte, tienes que arrancarla. Sigue tirando, ya casi está.
Ya la tienes fuera. Nótala fría y viscosa en tu mano, cómo se retuerce, intentando volver dentro. Se revuelve e intenta zafarse pero no puede, la tienes bien sujeta. Ahora que está fuera compruebas que tú eres mucho más fuerte, su único poder está en su voz, en conseguir que te creas las mierdas que te dice.
No la escuches, ya sabes que nunca trae nada bueno. Levántate y acércate a la ventana. Ábrela. Y ahora tírala fuera, al vacío. No tiene lugar en nuestro mundo.


Él la abraza fuerte, entrelazando sus piernas. Ella está algo agitada pero se calma en seguida. Tiembla ligeramente. Le susurra al oído.

-Este es nuestro mundo. Sólo existimos tú y yo. Todo lo que puedes esperar entre estas cuatro paredes es cariño, ternura, suavidad y calidez. ¿Notas el hueco que tienes en el pecho donde antes estaba esa cosa? Siente cómo se va llenando de nuevo con la calidez de nuestro mundo.

Le pone la mano sobre el esternón y presiona ligeramente. El calor es real.

- Ahora la llevarás contigo siempre. Cuando la necesites, bastará con que pongas tu mano aquí y podrás sentirla. Te lo garantizo.

Ella deja de contenerse y rompe a llorar, gimiendo, temblando. Necesita purgarse. Él no deja de abrazarla ni un momento. De acariciarla. De besarla. Un rato después, cuando parece que se ha quedado sin lágrimas, él decide que ha llegado el momento de usar su último truco, el toque final:

- Tengo una cosa más para ti, pero tienes que taparte los ojos. Te prometo que te va a gustar ¿Vale?
- Vale
- ¡No mires!

Ella se sienta tapada con la sábana. Aún está algo aturdida. Y agotada. Él sale de la habitación y vuelve un momento después.

- Ya puedes mirar.

Ella retira las manos y parpadea. Entonces ve lo que ha traído y abre mucho los ojos y la boca con asombro. En una mano dos cucharillas y en la otra...

- ¡Helado!
- Si no recuerdo mal este era tu favorito, ¿no? - Dice con una sonrisa.
-¡Sííííí! ¡Gracias!

Ella le mira y sonríe. Sus ojos se llenan de nuevo de lágrimas, pero por primera vez en mucho tiempo estas no duelen. Nota cómo el calor que le brota del pecho y se derrama por el resto de su cuerpo.

Él siente cómo por fin se deshace el nudo que tenía en el estómago. Para él esa sonrisa es el Sol. Su vida vuelve a tener sentido.



Hace tiempo, hablando de las relaciones de pareja, alguien me hizo la pregunta. ¿Qué tienes que ofrecer?

Creo que, principalmente, aporto lo mismo que anhelo. Un lugar seguro, un sitio donde refugiarse del mundo, donde poder olvidar mis preocupaciones, mis miedos e inseguridades. Donde poder esconderme, evadirme. Donde todo sea calidez, ratos agradables, risas, cariño, placer. Donde sentirme querido, cuidado, deseado. Y donde tener a alquien a quien cuidar y querer de vuelta.
Por supuesto que no lo es todo, pero juega un papel importante. Es lo primero que viene a mi cabeza cuando pienso en una relación de pareja. Y es lo que más añoro.

El problema llega cuando te das cuenta de que esto que tengo que ofrecer no vale nada.

Para empezar no es precisamente sano por mi parte anhelar eso. Ni normal. Es una muestra de lo obvio, que estoy roto. Por no mencionar que me pone en un situación vulnerable, de dependencia. Una mala mujer podría aprovecharse de ello con facilidad y hacerme caer en una relación tóxica, de maltrato. Por suerte no se ha dado el caso. Todavía.
También revela que soy muy emocional. Demasiado.

Por otra parte haría falta una mujer rota (como yo) que anhelase lo mismo para apreciar eso. Son muy poco frecuentes. Siendo generoso también podría interesar a las que acaben de pasar por algo jodido y necesiten un lugar seguro donde reponerse. Un pajarillo herido. Pero esa necesidad es temporal. En cuanto se les curase el ala rota dejarían de necesitarme y saldrían volando dejándome, otra vez, solo.
Cualquier mujer normal busca otra cosa. No un lugar donde refugiarse sino alguien con quien salir al mundo, formar equipo, crear una familia, alguien con quien hacer planes de futuro no tan centrado en el presente. Alguien que no necesite un refugio. Esa es mi gran tara.

Y por último, no ofrezco nada especial. A una mujer le basta con levantar una piedra y saldrán cuatro tíos deseando mimarle cuando esté de bajón. Un refugio no es nada que no ofrezca cualquier tío normal. La diferencia es que cualquier otro ofrece eso y mucho más.

Pero no me hagáis demasiado caso. El concepto que tengo de mí mismo no destaca precisamente por su imparcialidad. Ni mi juicio por su optimismo. En cualquier caso, quería compartir esa imagen con vosotros. Hace días que no me la quitaba de la cabeza y necesitaba atraparla en palabras.